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An Autobiography
by Sammy Sosa with Marcos Bretón
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Una vez que llego a la cueva tengo que doblarme para evitar darme la cabeza con el techo. Entonces me pongo mi uniforme habitual: una camiseta azul oscura de los Cachorros, pantalón blanco con rayas azules y zapatos de béisbol azul oscuros.
Me vendo las muñecas como hago antes de cada juego en Wrigley y en todos los otros estadios de la Liga Nacional. Cuando estoy listo, mi viejo amigo Héctor me acompaña. Todavía sigue viviendo en San Pedro, y ayuda a los jóvenes a jugar correctamente a la pelota. Otras personas que me conocen desde niño también están allí. Pero no me llaman Sammy. Me llaman Mikey. Éste es un apodo que me puso mi abuela, que había escuchado el nombre en una novelita de televisión y decidió que a partir de ese momento yo sería Mikey. Hasta el día de hoy, mi madre me llama Mikey. Mis hermanos y hermanas me llaman Mikey. Todos mis viejos amigos me llaman Mikey. Y todo el mundo que viene al campo de juego de San Pedro para verme entrenar me llama también Mikey.
Es un apodo que está tan ligado a mí que se ha vuelto muy singular. Todo lo relacionado con mis visitas a San Pedro tienen algo de personal y especial. Una vez vestido como lo haría para cualquier práctica en el cuidado diamante de Wrigley, me encanta correr alrededor del rudimentario diamante de San Pedro. Siempre doy una vuelta alrededor del cuadrado y después del jardínizquierdo, centro y derechoy de vuelta por la línea de tercera base. Cuando termino mi trote, siempre hay una multitud reunida. La gente se coloca detrás de una larga cuerda detrás de la línea de tercera base o detrás de la corroída malla de alambre.
Entonces hago mi rutina de gimnasia con mis amigos de la misma manera que lo haría con mis compañeros de los Cachorros. A continuación hacemos ejercicios de velocidad en el jardín. A veces los hago con una serie de niños que corren conmigo. La gente siempre me pregunta cómo pude mantener la concentración durante la gran batalla de los jonrones en 1998, cuando mi amigo Mark McGwire y yo nos aproximábamos al récord de Roger Maris, y con la prensa siguiéndonos como un ejército. Lo que digo es lo que diría si alguien me pregunta cómo me puedo entrenar en serio con tanta gente alrededor: tengo el tipo de concentración que puede evadirme de todo y centrarme en lo que tengo que hacer.
Aquí en San Pedro entreno duro sin importarme cuántos jóvenes aparecen, cuántos adultos luchan por mi atención, me cuentan sus problemas, me piden ayuda o me tratan de involucrar en alguna idea o detalle que tienen necesidad de compartir conmigo. Así soy, adoro estar rodeado de gente.
Pronto llega la práctica del bateo. Saco mis bates y empiezo lentamente hasta que tomo impulso, estallando jonrones y golpes por la línea que volarían la cerca de cualquier campo de las Grandes Ligas. Cuando estoy listo para el bateo, el dorado sol de mi bella isla está en su momento más espectacular. Una de las cosas que más adoro de mi isla es el clima. Con raras excepciones, la temperatura es siempre de 85º F. Creo que si el Sr. Cachorros, Ernie Banks, viviera en República Dominicana diría: "Juguemos dos, o quizás tres, todos los días".
Hoy, unos meses antes del comienzo de la temporada del 2000, las pelotas vuelan, saltan de mi bate. Me siento fuerte al comienzo del nuevo año. Y me preparo para este año como para ningún otro, porque me siento en la cúspide de mi juego.
Después de pegar mis batazos, me encanta sentarme en una silla cerca del plato y ver a los chicos del vecindario, entusiasmados y vestidos con sus uniformes de béisbol colgando de sus delgados cuerpos, practicar el bateo. Sonrío al ver cómo los jóvenes bateadores y lanzadores dan un poquito más, mostrándome lo que saben. Les doy palabras de ánimo, porque en mi juventud el ánimo no era frecuente.
Copyright © 2000 by Sammy Sosa. Excerpted courtesy of Time Warner Trade Publishing.


